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miércoles, junio 24, 2020
jueves, agosto 24, 2006
Superman

Y no es difícil verlo soltar su risotada sarcástica, por entre los callejones de La Recova, con su vaso de cerveza en la mano. Murmurándole secretos a quienes no quieren escucharlo. Mirado con desconfianza por las locatarias y los guardias del representativo edificio serénense. Abandonado por la razón y cabalgando en su corcel esquizoide; lanzando puñetazos al aire; luchando incesante con el ejercito de moscas de la carnicería de la esquina. Persona non grata del turismo ilustrado, subalterno de los gringos que encuentran “very tipical” a este intrigante ser, en una Recova, que para el verano trata de esconder como puede el olor a pichi de sus rincones.
Lejos están los tiempos en que pasaba piola como loco simpático, con su cuaderno bajo el brazo y diciendo que estudiaba leyes, exclamando que tenia reunión no se con que gran intelectual, o hablando fuerte frente a los prepotentes que a fuerza de razón intentaban hacerle caer de sus mentiras fanfarronas. Pero el trago hizo estragos en él, lo tomo por sorpresa y no lo soltó. Cansado de su mitómano personaje, encontró una botella amiga que no le pregunta que es verdad y que no, que no se burla de él, ni tampoco lo contradecía. Hoy su boca sabe de risas y de vinos agrios. Ya es otro el trato en el Hogar de Cristo y de un salto paso de la mesa de los locos a la de los alcohólicos anónimos, entrando de lleno al cuadro de honor de personajes legendarios del vagabundeo céntrico, tal como el Moroso y sus sospechosa muerte, tal como la Maria Loca y su garabateo contra los colectiveros que no le sueltan una moneda en su caja de cartón. De noche le hace el quite a los niñitos neonazis que golpean a vagabundos y travestís, y de día le tira en la cara su punzante olor a La Serena, tan veraniega y tan cínica.
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viernes, marzo 31, 2006
Conjugación en el altiplano (y el orden no natural de las cosas)
No eran días buenos para él y su pueblo, las estrellas lo decían. Su abuelo le había enseñado a ver el futuro en ellas. 
No hace mucho que sus vidas habían sido invadidas por la maquinaria del dólar y la prostitucion financiera, que acechaba sus tranquilos días en el desierto altiplanico donde desde niño vivía anclado en la libertad de sus orígenes indígenas, que orgullosos ostentaba en cada marcha donde hizo flamear la bandera multicolor. Sin embargo, el haber perdido esa lucha le hirió de sobremanera, mas al ver a sus coterráneos, haciendo fila para conseguir un puesto de obrero en esa industria podrida desde nacimiento y que paso sus trailer por encima de su historia, de su memoria y sus tierras.
Era ese tiempo, solo un año había pasado de esa derrota cuando ya bajaban los tóxicos flujos a lugares habitados. “No trabajo para quienes matan a nuestros niños” decía a sus amigos que tomaban turnos inhumanos. Y era ese tiempo también cuando ella llego a su pueblo, a sus tierras, a su vida, de sonrisa sureña, una mochila de historias y un halo de tristeza.
Había escapado de su ciudad, vivía hace años hay, y estaba empezando a odiarla, aborrecía la tediosa rutina de las calles plomas, de las amistades por favores, de las mentiras de los medios y del medio amor: de la media felicidad. Y así llego a una casona donde él vivía.
La desconfianza de los años y el rencor por la prepotencia forastera, le hicieron evitar todo contacto con la visita. Así pasaron unos días, separados por una pared de adobe, sin mediar palabra alguna, hasta que una de esas noches, se encontraron en la única calle de ese pueblo, sin poder escapar, cruzaron unas palabras y la soledad hizo su trabajo. Porque en esas tierras no hay celulares que pedir, para “llamarte de repente” o algún mail “para tenerte en mis contactos”, era solo la calle y el desierto. Y así, sin saludos previos empezaron a conversar, hablaron sobre la hoja de coca, era todo un misterio para ella. No podía entender como esa hoja que los habitantes del pueblo se echaban a la boca como un chicle, era lo mismo que abundaba en los carretes de su odiada cuidad y que en formato polvo le permitía mantener su estresante trabajo, el mismo polvo que, a una vieja amiga, había mandado a un centro de rehabilitación para cuicos, de esos donde te evangelizan.
Ella le contaba que teniendo todo para ser feliz se sentía sola, y él un poco molesto de tanto lloriqueo capitalino le dijo que hace años no tenia nada, mas que la soledad. Ella se sonrojo y callo, por que en estas tierras los viejos trucos de la ciudad letrada para tener una aventura pasajera, no tenían resultado.
Y hablando de alucinógenos naturales, empezaron a escaparse sonrisas entre ambos, y así se les fue la noche. Y fue la suerte para ella, el destino para él, que permitió que algo se encendiera en esa noche de cigarrillos y alcohol altiplanicos, alguna conjugación en las estrellas, le dio indicios de que podía resultar, tal vez se inventó verlas alineadas, para justificar su entrega a aquella forastera, para culpar a los dioses si algo salía mal.
Y así, ella dejo nómade ritmo, dejo de escapar por un momento y él se guardo su rencores en el bolsillo.
Pero ella no odiaba la ciudad, solo odiaba que la ciudad no la amara a ella, que no se rindiera ante sus pies. Pensó una y mil excusas para largarse, para volver al orden no natural no natural de las cosas que no pudo romper, pero prefirió seguir los códigos urbanos, los mismos que decía odiar y prefirió decir que necesitaba volver a santiago, por un tema laboral y que llamaría. No ocurrió.
Justo cuando él ya veía en todas las estrellas que su suerte había cambiado, se equivocaron sus dioses. Y así ella volvió a sus micros, a sus humos, a su media felicidad y a su medio amor. No creo que a él se le rompiera el corazón o algo así, los años y el desierto le habían puesto una pequeña capa de arena, solo le apagaron un cigarro encima y el humo que salio se lo llevo el viento, igual como la arena de las dunas.
Él solo no mirara las estrellas por unas semanas.

No hace mucho que sus vidas habían sido invadidas por la maquinaria del dólar y la prostitucion financiera, que acechaba sus tranquilos días en el desierto altiplanico donde desde niño vivía anclado en la libertad de sus orígenes indígenas, que orgullosos ostentaba en cada marcha donde hizo flamear la bandera multicolor. Sin embargo, el haber perdido esa lucha le hirió de sobremanera, mas al ver a sus coterráneos, haciendo fila para conseguir un puesto de obrero en esa industria podrida desde nacimiento y que paso sus trailer por encima de su historia, de su memoria y sus tierras.
Era ese tiempo, solo un año había pasado de esa derrota cuando ya bajaban los tóxicos flujos a lugares habitados. “No trabajo para quienes matan a nuestros niños” decía a sus amigos que tomaban turnos inhumanos. Y era ese tiempo también cuando ella llego a su pueblo, a sus tierras, a su vida, de sonrisa sureña, una mochila de historias y un halo de tristeza.
Había escapado de su ciudad, vivía hace años hay, y estaba empezando a odiarla, aborrecía la tediosa rutina de las calles plomas, de las amistades por favores, de las mentiras de los medios y del medio amor: de la media felicidad. Y así llego a una casona donde él vivía.
La desconfianza de los años y el rencor por la prepotencia forastera, le hicieron evitar todo contacto con la visita. Así pasaron unos días, separados por una pared de adobe, sin mediar palabra alguna, hasta que una de esas noches, se encontraron en la única calle de ese pueblo, sin poder escapar, cruzaron unas palabras y la soledad hizo su trabajo. Porque en esas tierras no hay celulares que pedir, para “llamarte de repente” o algún mail “para tenerte en mis contactos”, era solo la calle y el desierto. Y así, sin saludos previos empezaron a conversar, hablaron sobre la hoja de coca, era todo un misterio para ella. No podía entender como esa hoja que los habitantes del pueblo se echaban a la boca como un chicle, era lo mismo que abundaba en los carretes de su odiada cuidad y que en formato polvo le permitía mantener su estresante trabajo, el mismo polvo que, a una vieja amiga, había mandado a un centro de rehabilitación para cuicos, de esos donde te evangelizan.
Ella le contaba que teniendo todo para ser feliz se sentía sola, y él un poco molesto de tanto lloriqueo capitalino le dijo que hace años no tenia nada, mas que la soledad. Ella se sonrojo y callo, por que en estas tierras los viejos trucos de la ciudad letrada para tener una aventura pasajera, no tenían resultado.
Y hablando de alucinógenos naturales, empezaron a escaparse sonrisas entre ambos, y así se les fue la noche. Y fue la suerte para ella, el destino para él, que permitió que algo se encendiera en esa noche de cigarrillos y alcohol altiplanicos, alguna conjugación en las estrellas, le dio indicios de que podía resultar, tal vez se inventó verlas alineadas, para justificar su entrega a aquella forastera, para culpar a los dioses si algo salía mal.
Y así, ella dejo nómade ritmo, dejo de escapar por un momento y él se guardo su rencores en el bolsillo.
Pero ella no odiaba la ciudad, solo odiaba que la ciudad no la amara a ella, que no se rindiera ante sus pies. Pensó una y mil excusas para largarse, para volver al orden no natural no natural de las cosas que no pudo romper, pero prefirió seguir los códigos urbanos, los mismos que decía odiar y prefirió decir que necesitaba volver a santiago, por un tema laboral y que llamaría. No ocurrió.
Justo cuando él ya veía en todas las estrellas que su suerte había cambiado, se equivocaron sus dioses. Y así ella volvió a sus micros, a sus humos, a su media felicidad y a su medio amor. No creo que a él se le rompiera el corazón o algo así, los años y el desierto le habían puesto una pequeña capa de arena, solo le apagaron un cigarro encima y el humo que salio se lo llevo el viento, igual como la arena de las dunas.
Él solo no mirara las estrellas por unas semanas.
domingo, febrero 19, 2006
LAVASA

Los Domingos en la mañana son extraños. Es el día del Señor, pero del señor tiempo, que se lleva una semana mas de tu vida, de las cosas que pasaron, de las que dejamos pasar. Y el señor tiempo quiere que lo alabemos, asi que hace su día largo, tedioso y pone las peores series gringas en la tele.
Y estaba ella, olvidando como muchas que es un día de descanso, mirando las pilchas sucias de su familia, sacándole la mugre de la semana que se fue. Limpiando la evidencia de las anotaciones negativas de su hijo menor, sacando las manchas de maquillaje Avon del cuello de la camisa de su adolescente hija y limpiando el uniforme de trabajo , sospechosamente sin manchas,de su esposo. Tal vez pensando que un paseito al mall, la podía relajar a la tarde.
Irónicamente esa batea que le deja congeladas las manos, aparece en la tele dominguera, en version lavadora de última generación, con dueñas de casa de cuerpos perfectos autorrealizadas por el nuevo superdetergente con olor a limón, la top model de Clorinda de manos perfectas dejando los uniformes como nuevitos. Y de remate la familia feliz agradece a la mama que en su vocación natural mantiene el orden hogareño. Pero la familia no estaba feliz en su caso, tenia dudas, de los pasos de su esposo. Llego tarde anoche y luego de un besito en la frente que la indigno, se quedo dormido dejando un halo de cerveza. Ha estado raro esta semana y sabe que el domingo es un buen dia para desahogarse. Por eso cuando refriega su pantalón con la escobilla, las historias de infidelidades le pasan por la cabeza. Refregó bien la parte cerca del cierre pensando que por hay se escapo algo de lo que su marido no le ha contado. Ella lo conoce y sabe que algo no anda bien. No habla mucho en la mesa, come poco y recibe llamadas raras. Hace una semana anda asi. Los horarios de trabajo han cambiado extrañamente.
Es domingo y ella tiene rabia y no se la quiere tragar, porque aunque en la tele no sale, aunque los del matinal crean que la hacen feliz con un par de recetas de cocinas y copuchas de futbolistas y modelos, aunque el curita del mega diga que la mujer es feliz si es madre y casada, ella sabe que la mujer feliz desea , y asi como desea a su marido y el amor de sus hijos, también desea la felicidad de su propia existencia, de su cuerpo, de su

jueves, enero 12, 2006
FABULA DE METRO


Y pasamos como 5 estaciones, tan nuevas, tan posmodernas, y ellos eran tan, alternativos, tan hardcore y Santiago tan contaminado y deprimido y aun así nos alcanzamos a ver como amados y amantes en algún fragmento de historia de estos habitantes que suben y bajan de los vagones. Así me regalaron una pequeña fabula urbana: cuando ella bajando intempestivamente por una puerta y él ya agotado de tantas disculpas se baja por otra cuando la puertas ya casi se cerraban, el metro sigue su cuncuneante ir y venir, alcanzo a verla empujando a ejecutivas aburridas y oficinistas deprimidos, caminando no se adonde. Y me di cuenta que tenían solo dos posibilidades, o caminaba juntos a la “salida” o uno de ellos caminaba al “no pasar, solo cambio de anden”. No hay otra posibilidad en el metro: sales o te cambias de andén.
Tal vez el metro y el amor se parecen.
viernes, diciembre 30, 2005
El faro de la nostalgia (recuerdos playeros de mi abuela)

La resaca del día anterior me hacia sentir las ganas inmensas de respirar aire fresco, desintoxicarme del tabaco fiestero, y decidí ir a la playa. Era verano, tome la Lianco, tome el olor a bronceador, a frutas de la estación, a panes con chancho para que el niño no pase hambre y sentí el calor de quienes esperan escapar del sol, con ese evento social que es ir a la playa “El Faro”.
La verdad es que la idea era tomar aire marino, no broncearse, no bañarse, aunque vestía el uniforme playero adolescente, la idea era solo cumplir mi misión: ir a buscar a mi abuela a la casa de una amiga cuica y traerla a casa sana y salva.
Toque el timbre y vi un montón de señora degustando pastelitos, mi abuela me salvo de entrar y salio de inmediato, me conoce. Decidimos cruzar a la playa un rato para aprovechar la tarde.
Ella puso una toalla que traía y se acostó en la arena: “yo venía cuando chica para acá” dijo rompiendo el silencio, “lo de atrás era puras parcelas, puras como cañas que había que cruzar para encontrase con el mar”, regalando un fragmento de memoria serenense. Confirmo, mirándome, si su relato me interesaba y continuo: “El Faro era otro porque una vez se salio el mar” dude de sus palabras, pero sus datos certeros no dejaban dudas. A veces no se acuerda de su teléfono o de su RUT, pero si se trata de la niñez, la precisión, la lucidez, es increíble.
Me fui a bañar pensando en todas las historias que había vivido frente a ese mar, lugar de encuentro de La Serena de principios del siglo pasado.
“Hay bandera roja mijito, cuidado, grito” y era verdad, y es que la marea del faro es tan peligrosa que todo el sector flamean banderas rojas, como si fueran días de revolución, esas que mi abuela vivió durante los 60 y 70 con todo el recelo de su inocencia conservadora.
Cuando volví tenia los pies metido en la arena y jugueteaba como una niña, y esa playa popular donde el Reggeton luchaba contra el sonido de las olas reventándose, se convertía en el escenario de sus recuerdos, algunos se los guardaba, otros se le escapaban, para compartirlos conmigo, como una vez que lloro todo un día por ver una gaviota muerta o cuando, con su hermano, se metieron mas allá de la ola de chocolate y de una fueron arroja

Antes de irnos caminamos por la orilla del mar, para lavar los recuerdos tristes y refrescar los felices, se mojo los pies y ponía cara de sorpresa ante la helada marea.
Y se reía, y se fue contenta, como cuando chica.
Dedicado a Ida
domingo, diciembre 18, 2005
CARTA ABIERTA A LA GORDI:
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